jueves, 30 de octubre de 2014

Vamos a jugar


Hola,

Después de las últimas horas en las que me he visto en la situación de resolver retos para proteger mi identidad telefónica, he decidido que es mi turno de jugar. Las respuestas a las siguientes preguntas pueden ser encontradas en el blog.

¿Cómo se prepara la bebida Bandera?
¿Cuántas banderas desearían volar al infinito?

Todavía estoy en el plazo de las 24 horas que inició ayer cuando gané el reto. Si responde correctamente, le será entregada otra pista para obtener otro par de dígitos y completar los cuatro que solicitó ayer. Tiene hasta las 22:26 de hoy, jueves 30 de octubre.

:)

sábado, 4 de octubre de 2014

La muerte reflejada en el espejo de Xavier Villaurrutia





¿Cuán importante es reconocer las figuras literarias para apreciar un poema?

La muerte se perfila como una compañera que acecha desde la orilla del espejo. Al leer los poemas del mexicano Xavier Villaurrutia (1903-1850) se abre un espacio de infinitas posibilidades en el que la noche es el espacio perfecto para dar rienda suelta a las obsesiones que marcaron su obra. Villaurrutia participó en la vanguardia con su acercamiento al surrealismo y era alguien que recurría de forma constante a la muerte propia, el insomnio y la soledad.

Cuando se lee poesía puede haber dos formas de acercarse a los textos. Una de ellas es la del que avanza sin preocuparse por el rigor estilístico y el reconocimiento de las figuras retóricas, pues busca la conexión con el alma del poeta. La otra es desde la perspectiva teórica, en la que el lector se distancia y cuestiona las estructuras de lo que se impone frente a él sobre el papel. Creo que la mayoría de personas se quedan en la primera forma, sienten la conexión, aprecian la belleza de alguna imagen, se conmueven y siguen adelante. Habrá otros pocos que se interesan en diseccionar los versos como para tomar una radiografía. 

Este es un ejercicio que combina las dos formas para identificar las figuras retóricas en el siguiente poema:
Estancias Nocturnas

Sonámbulo, dormido y despierto a la vez,
en silencio recorro la ciudad sumergida.
¡Y dudo! Y no me atrevo a preguntarme si es
el despertar de un sueño o es un sueño mi vida.

Desde el título podemos apreciar que el escenario predilecto de Villaurrutia es la noche. En el primer verso hay una antítesis al colocar la explicación del sonambulismo, el estado que consiste en estar dormido y despierto a la vez. El paso entre la frontera del sueño y la vida real es un tema que ha sido buscado por varios autores. En el caso de Villaurrutia, probablemente obedezca a la influencia surrealista de André Bretón.

En la noche resuena, como en un mundo hueco,
el ruido de mis pasos prolongados, distantes.
Siento miedo de que no sea sino el eco
de otros pasos ajenos, que pasaron mucho antes.

Miedo de no ser nada más que un jirón de sueño
de alguien --¿de Dios?-- que sueña en este mundo
amargo.
Miedo de que despierte ese alguien --¿Dios?--, el dueño
de un sueño cada vez más profundo y más largo.

La metáfora del jirón de sueño expresa el temor de no ser nada más que un retazo onírico empujado hacia la nada. La pequeñez del ser humano frente al concepto universal de un Dios que sea el director del sueño. También se identifica la anáfora, que consiste en la repetición de la misma palabra al principio de las frases. En este caso es la reiteración del miedo. El juego con los sonidos es evidente en el uso de rimas como en “dueño” y “sueño” para darle musicalidad al poema y valerse de la aliteración.

Estrella que te asomas, temblorosa y despierta,
tímida aparición en el cielo impasible,
tú, como yo --hace siglos--, estás helada y muerta,
mas por tu propia luz sigues siendo visible.

Al dirigirse a la estrella le da vida y emplea el recurso de animización para luego, de una manera compleja, colocarse en el mismo plano que el astro que se asoma en el cielo impasible y expresar el peso de la muerte con una comparación.

¡Seré polvo en el polvo y olvido en olvido!
Pero alguien, en la angustia de una noche vacía,
sin saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá con mis palabras su nocturna agonía.

La última estrofa inicia con una repetición para remarcar la pequeñez de su existencia y el olvido al que estará expuesto. El poema concluye con la nocturna agonía, de una forma circular que nos regresa al título de la obra. Por otro lado, también pienso en el fragmento de Alicia a través del espejo, en el que Alicia es cuestionada por los gemelos Tweedle sobre la posibilidad de que ella sea apenas una minúscula parte del sueño del rey rojo y que desaparecerá cuando el monarca despierte.

El poema Estancias nocturnas es una reflexión sobre la propia existencia. Un cuestionamiento sobre lo que hay más allá de los sueños y si existen o no los designios divinos. Acaso todos seremos unas marionetas controladas desde el sueño del creador o somos una creación independiente que muere lentamente como una estrella.

En cuanto a la identificación de figuras literarias o retóricas dentro del poema, creo que es un recurso de utilidad para acercarse al texto y desenmarañar el estilo del autor. Sin embargo, es importante recordar que la obra es independiente de quien la crea y por eso es que puede ser sometida a análisis estructurales. Cuando el poeta escribe lo hace con libertad y el resultado final es lo que ya luego los estudiosos clasifican de acuerdo a las figuras retóricas. La sensibilidad de quien lea la poesía detectará y apreciará las anáforas, las repeticiones o las metáforas aunque no maneje la teoría o desconozca que también existen las aliteraciones, elipsis o sinécdoques.

Comentario escrito como tarea académica para el curso Seminario de Poesía Hispanoamericana de la Maestría en Literatura Hispanoamericana.

Sobrevivir al desgano sentimental



Ensayo sobre Crónicas para sentimentales, de Jacinta Escudos

Sobre la individualidad se erige nuestra propia república. Las fronteras son delimitadas por la conciencia y los rastros sentimentales que la sociedad moderna arrincona en los departamentos. La soledad pareciera ser la única compañera de los personajes retratados en el libro Crónicas para sentimentales (2010) de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos. Los relatos hilan una colección de situaciones en las que se percibe el desgano de vivir, la rutina y los miedos de los hombres y mujeres del último siglo. También resaltan los diversos recursos literarios que entremezclan figuras poéticas, el uso de diferentes narradores y la ruptura de reglas gramaticales tales como la ausencia de puntos o mayúsculas.

Un epígrafe que corresponde a la canción Dos caras de amor de Los Moonlights le da la bienvenida a quien empieza la lectura. Queda en mi mente la tonada al ritmo de una banda uruguaya que canta: “Dos caras de amor tengo yo / De alegría y de dolor / Para reír y llorar” (Escudos, 2010. p.7) Esa es la antesala para nueve historias que más se acercan a la tristeza que a la alegría plena del amor. La mayoría de los personajes navega entre las fronteras de la socialización y se aferra a la individualidad.

En el primer cuento titulado ¿En qué libro guardé tus cabellos, Elsa Kuriaki?, un narrador en primera persona comparte las interioridades de su vida solitaria y el asombro ante la posibilidad de reconocerse como alguien capaz de enamorarse. El personaje también expone el miedo que conlleva la fragilidad de exponerle a Elsa sus sentimientos y caer de nuevo en la vulnerabilidad. Fue tal la emoción por sentirse frente a frente al amor, que el protagonista sucumbe a un exceso de emociones que su organismo no es capaz de soportar. Se resetea, tal y como si fuera un sistema operativo que debe reiniciarse y pierde la memoria.

En Lecturas para misántropos modernos se presentan tres relatos breves sobre mujeres que se sienten aversión al trato con las personas. Por ejemplo, la voz narradora de puertas asegura realizar cosas útiles porque lee mucho, sale a hacer la compra, arregla la casa y no se mete con nadie. Tanto ella como la protagonista de T.V. se duermen acompañadas por el televisor y meditan sobre la muerte. En los siguientes fragmentos se pueden apreciar este tipo de reflexiones:
“y si esa bolsa me matara, la verdad es que me estaría haciendo un gran favor” (Escudos, 2010. p.30).

Lo curioso es que aunque viven encerradas en su metro cuadrado, también son quienes se atreven a cuestionar elementos fundamentales en los que quizá la mayoría de personas no se detienen a reflexionar por estar pendientes de sus ocupaciones diarias:

“a veces me despierto en la oscuridad de la noche, y no sé por qué me pongo a pensar en la muerte y pienso tanto y tan intensamente en ello que siento algo más que miedo, algo mucho más fuerte que el miedo, algo para lo que aún no inventan una palabra, un algo terrible en el pecho y el cuerpo entero”. (Escudos, 2010. p. 41)


Hay relatos como Novela de amor pakistaní en los que la estructura narrativa se intercala con recursos poéticos. El cuento se desarrolla entre los monólogos de Valkiria y algunos diálogos que intercambia con un productor español. De acuerdo con Fuentes, la autora evidencia su interés por la experimentación, con gusto por el texto hiperrealista, pero también por el relato de tintes poéticos (2013, p. 75). A continuación se ejemplifica este estilo narrativo:
“tu, allá arriba, tomándote un whisky, con tus anteojos oscuros colgando de tu cuello por una cadenita, para tenerlos a mano cuando el brillo del sol que se refleja en las nubes haga destellos contra el metal del ala del avión y contra el plástico de la ventanilla por la cual te asomas / ese calor, ese whisky en la mano, las nubes como un paraíso de algodón / salir por la ventana y caminar sobre las nubes, a través de ellas, dormir y taparte con ellas, descasar sobre ellas, descalzo… (Escudos, 2010 p. 50).

Las crónicas continúan con Nights in Tunisia, una historia lineal contada en tercera persona y ambientada en Nueva York. La búsqueda de la ternura se mantiene aunque los escenarios cambien y ahora nos encontremos en un club que está a reventar y donde Nausicaa es una intérprete de jazz. Somos testigos de la historia de amor inconclusa con Desiderius, la persistencia de Nausicaa por buscar la aceptación y sentirse amada. La búsqueda del amor también es el motor en Relato Judicial, una historia contada por un narrador en tercera persona cuya voz es interrumpida por los pensamientos de una periodista que se enamora de un presunto criminal. Todo sucede en pocos minutos y en cuestión de un intenso intercambio de miradas.

En una entrevista publicada en la revista virtual Aurora Boreal, la escritora explica que su objetivo fue cuestionar los roles impuestos por la sociedad y los ideales del ser humano contemporáneo que se ahoga todos los días en una enajenación cotidiana (Ritter, S.F). En Palabras Blandas, Materia Negra y Crónicas para sentimentales se percibe ese cansancio interior que se refleja en relaciones inestables e incluso el rechazo a embarcarse de nuevo en una relación.

La carga sentimental se acumula en la garganta al llegar a la última página. No es difícil sentir empatía por los personajes que vagan en cada crónica porque la lectura de estos relatos implica un llamado a la sensibilidad y a reflexionar en el desasosiego interior que el ritmo de vida moderno puede ocasionar. Cuando la desilusión es muy grande suele surgir esa inmensa pereza de volver a amar que se menciona en Crónicas para sentimentales. El desgano aumenta de manera progresiva hasta convertir a las personas en ermitaños modernos o autómatas que no viven de manera auténtica.

El libro es un novenario a la desesperanza pero me niego a creer que todo está determinado al fracaso. Nunca es tarde para reducir la misantropía. Tenemos derecho a momentos de felicidad, tal y como la saborea el personaje de la primera historia por unos cuantos segundos. La derrota sería abandonarnos y caer al viento como el clavel que deja una estela roja en su caída desde el noveno piso.




Bibliografía
·         Escudos, Jacinta (2010). Crónicas para sentimentales. Guatemala. F&G Editores.
·         Fuentes, Moises Elías. (2013). Nueva Narrativa centroamericana: breve panorama II. Casa del tiempo. Recuperado de: http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/74_75_vi_dic_ene_2014/casa_del_tiempo_eIV_num_74_75_74_77.pdf
·         Ritter, Luis Pulido.  (Sin fecha). Entrevista a Jacinta Escudos, Una trampa feliz. Dinamarca. Recuperado de: http://www.auroraboreal.net/actualidad/entrevistas/1471-una-trampa-feliz


viernes, 12 de septiembre de 2014

Entre el desgano y la insistencia de la esperanza



«Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, 
para creer que se puede cambiar algo en este país, 
para creer que a la gente le interesa cambiar algo».
El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador
de Horacio Castellanos Moya


¿Has sentido que hay momentos en los que se agotan las fuerzas para permanecer? Volteas a ver a tu alrededor y todo parece tan distante, tan impersonal. Te cansas de buscar el encanto y de justificar las razones para llegar puntual al trabajo. Optas por dejar de leer el periódico para intentar convencerte de que todos los esfuerzos valen la pena. Hay días como el del viernes 29 de agosto en el que ese desencanto amanece más intenso. No sé si fue coincidencia haber empezado a leer la novela El Asco (1997) escrita por Horacio Castellanos Moya, justo después de haber atravesado el día con ese malestar, pero mis cuestionamientos encontraron eco en esta lectura.

Hoy es 12 de septiembre y el fervor patrio insiste en congestionar el tránsito al ritmo de las antorchas que empiezan a recorrer Guatemala. Hace un año sentí ganas de llorar al observar a los estudiantes corriendo por las calles. Tan inocentes, tan cansados, tan corriendo con el corazón en la boca y la noción de patria sin terminar de construirse en su imaginario. Creo que este 2014 no tengo mucha cabeza para reflexionar en el tema y solo quiero decir que para mí es más patriótico cuestionar esos valores y no correr sin ton ni razón por la ciudad. Ando con unas ganas desilusionadas de largarme y a la vez reflexiono sobre la permanencia y el exilio.

Regreso entonces a El Asco y sin querer, me contagio del desgano plasmado en cada una de las páginas. Las estampas que retrata bien podrían ser tan guatemaltecas como salvadoreñas. El protagonista es Edgardo Vega, quien se reunió con Moya en el bar La Lumbre para decirle todo lo que piensa acerca de la inmundicia que encontró al retornar a su país y comprobar que el contexto no ha mejorado. Vega regresa a San Salvador después de vivir dieciocho años en Montreal para enterrar a su madre y ver a su antigua patria desde la perspectiva de la distancia, el cinismo y el desencanto.



Al igual que Vega, cuando asegura que le parecía cruel e inhumano que habiendo tantos lugares en el planeta, a él le hubiera tocado nacer en ese sitio, yo ya había dedicado algunos minutos a ese mismo razonamiento. Lo pensé un viernes por la mañana cuando sostenía una taza de café entre mis manos y observaba los edificios cercanos a la oficina. Trataba de encontrarle alguna explicación a la manera en la que el designio divino conspiró para que nos tocara venir a nacer en el trópico alucinado. En el micropaís donde se sobrevive a cada segundo.

En las páginas también se percibe un duro cuestionamiento del autor hacia la construcción de la nacionalidad y todos los elementos que se integran para formar la identidad salvadoreña. Uno de los señalamientos más recurrentes es la ferviente y ciega devoción con la que defienden la cerveza Pilsener, la cual es considerada por sus connacionales como la mejor bebida del mundo. Los símbolos gastronómicos también son criticados y es que ¿acaso nuestra nacionalidad se queda nada más en defender un litro de Gallo, Cabro o Pílsener? ¿Tostadas, rellenitos, tamales?

El señalamiento no se queda en la superficie, pues poco a poco el autor va profundizando en aspectos relacionados con la ideología, la educación y la inseguridad en el país. Debido a la similitud de ambos países, es inevitable avanzar en la lectura sin empezar a contagiarse de esa vomitiva repulsión que predomina en cada página.

Así que ahí estaba yo: leyendo El Asco y devorando cada palabra con la misma repulsión que sentía Vega, hasta que llegué a la parte en la que el personaje se voltea hacia su interlocutor para echarle en cara su ingenuidad. Le pedía que no perdiera el tiempo porque resulta imposible que su país produzca escritores de calidad. Sobre todo en un lugar donde a nadie le interesa la literatura, el arte o cualquier manifestación creativa. Es una dura pedrada que viene de parte de alguien que reniega de su identidad hasta el punto de tramitar un pasaporte diferente y cambiarse de nombre. Toda su nueva idiosincrasia está construida alrededor de Thomas Bernhard, un nombre que tomó de un escritor austriaco al que admira.

Puedo sentir la horma apretada de los zapatos del que decide apagar el televisor y dejar todo para irse a otro país. Las dos caras de la moneda traen consigo cierta dificultad porque por un lado está el destierro voluntario y la nostalgia pero en la otra esquina está la lucha de quienes permanecen entre la debacle y se aferran a una mínima esperanza. Una persistencia que ante los ojos de Vega se transforma en locura:

“Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que a la gente le interesa cambiar algo. Todo es una alucinación, Moya, enténdelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de este país: aquí te vas a pudrir”. (Castellanos Moya 2007: p. 80)

En este punto me hubiera gustado interrumpir a Vega porque está a punto de darme con el dedo en la yaga. Pienso en la forma con la que podría responderle y viene a mi mente el poema de Maurice Echeverría Aquí está el milagro, que podría ser una especie de manifiesto para los que eligen quedarse o no pueden largarse: 

Me pude haber ido
de este país,
escribir
en otra parte,
pero,
como yo lo veo,
la dignidad
estaba en quedarse
de pie
en este cráneo inacabable,
en este liso espanto,
larga canícula
de espinas.

Aquí es.
Aquí está el milagro...

Hay un conflicto interno que crece cada vez más porque aunque sienta estas ganas desesperadas de irme corriendo a abrazar a mi amigo en otro país, también siento los lazos que me unen a Guatemala. Vega es un autoexiliado que prefirió largarse. Tramitó un pasaporte canadiense para construir alrededor de ese documento una nueva identidad que lo rescatara del trópico salvaje. De ahí que pierda aún más la cordura cuando creyó que estaba a punto de quedarse varado en su pesadilla al perder el documento: “El terror se apodero de mí, Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para siempre, sin poder regresar a Montreal, me vi de nuevo convertido en un salvadoreño que no tiene otra opción de vegetar en esta inmundicia” (Castellanos Moya 2007:p. 120).

La desesperación se patentó en su rostro y obligó a su hermano a que lo ayudara a buscar ese pedacito de tierra canadiense que lo salvaría de la decepción, la inseguridad, la incoherencia ideológica y el atraso que significaba El Salvador para él. A todos nos gustaría tener ese salvavidas que nos rescate del caos de ciudad que nos heredó la historia. Sin embargo, no todos tenemos la oportunidad de reinventarnos y negar nuestras raíces, que al final resulta más cobarde que el permanecer al pie del cañón o asumir el exilio desde una actitud distinta. Reconocerse en el otro pero sin anular la identidad original.

Ahora mi asco se va transformando en un poco de empatía y lástima por ese personaje  delirante que vive en un mundo construido sobre ilusiones. Pienso en asumir mi patria. Vivir con ella y llevarla conmigo si en algún momento parto hacia otra frontera. Más allá de celebraciones torpes y alcoholizadas, se necesita un terremoto simbólico que nos cuestione el fundamento de nuestra nación y nos lleve a reflexionar sobre la identidad. Urge sanar heridas históricas en este fragmento de tierra donde se sobrevive cada día y donde una enorme mancha gris empieza a colocarse sobre los muchachos que corren ilusionados detrás de una antorcha. Las banderas luchan por hondear libres al viento y ruge la lluvia que está a punto de derrumbarse sobre nosotros.

*Esta es una adaptación de un ensayo que acabo de entregar como parte del Seminario sobre literatura de América Central. 
* Foto de Prensa Libre

jueves, 24 de abril de 2014

Septimus se fue sin despedirse


"El sol, su calor. ¿Acaso eres humano?" -- Esto es lo que piensa Septimus antes de lanzarse al vacío, en la novela Señora Dalloway de Virginia Woolf. Todavía sigo pensando en la carrera de su esposa Rezia para detenerlo, todo pasó tan rápido y cuando reaccioné, ya era muy tarde. No pude hacer nada más que bajar el libro y observar a los carros que pasaban por la avenida. Quizá si alejaba el libro por un momento, podría retrasar lo inevitable. El viento soplaba suavemente a la hora de almuerzo.
Todos en la cafetería conversaban sin mostrar mayor preocupación en sus rostros. Así son las tragedias, nadie más que los implicados son quienes las lloran. Me costó reponerme y regresar a la oficina. Por la tarde, el sol se escondió como siempre, le tomé la foto y maneje el carro pensando en Rezia y Septimus. Los minutos previos parecían tan perfectos. Ella cosía un sombrero para vendérselo a una señora y él hacía bromas al respecto. De esas bromas tan íntimas que solo los esposos pueden comprender. Ella fue feliz de nuevo pero todo cambió de forma drástica en pocos segundos.(Colección de soledades)

Pd. No he terminado la lectura, por favor no me la cuenten.

lunes, 14 de abril de 2014

Observar y absorber el fin del mundo


"El porvenir se nutre de fuegos temerarios"
Isabel de los Ángeles Ruano


Quizá el mundo podría acabarse en la arena naranja. 
Pasa a mi lado una bolsa plástica blanca y a lo lejos observo una envoltura de tortrix. 
Flotamos junto a la basura. 
Esta playa está sucia, sucia de nosotros en esta arena negra que se impregna en mis dedos.
Un niño se enreda entre mis piernas. 
El fuego recorre la espuma. 
Esta es una pequeña soledad. 
El mar se quiebra en destellos fugaces. 
Solo quedan cenizas volcánicas. 
Aterrizan los cometas. 
Las olas son cada vez más violentas. 
Golpean mi espalda, me empujan de regreso hacia la orilla. 
Los reflejos se los lleva el mar. 
Rueda una pelota que baila traviesa entre las olas. 
Me rindo ante el cielo partido. 
Tanta inmensidad no cabe en mi cabeza. 
El sol se quiebra en la arena. 
Astillas doradas dispersas en la espuma de fuego.

Foto: Andrés Asturias, de la serie Arena Negra.

lunes, 14 de octubre de 2013

El futuro se nos atrasó






El futuro se nos atrasó


La mañana queda perdida en la carretera

Las nubes se escurren entre los dedos.

Cortan el volcán a su antojo impulsadas por el viento de septiembre.

Foto: Ilustración en Pinterest