lunes, 24 de agosto de 2015

El día que cantó el jilguero




Tenía unos colmillos tan blancos, que su brillo era capaz de deslumbrar la vista de los presentes. Contrario a lo que pudieron haber pensado, este elefante no era la imagen viva de la pesadez y la torpeza. Sobre sus robustas y pesadas patas parecía descansar el ojo del universo. Se movía con gracia por la grama, tal y como lo hace un equilibrista cuando quiere llegar al otro lado de la carpa.

Cuatro niños, que estaban entretenidos jugando al fútbol, detuvieron su carrera al escuchar que las ramas se quebraban bajo las patas de una masa gris que poco a poco, comenzó a tomar forma frente a ellos. Avanzaba despacio. Si no se hubieran entretenido en el aleteo de las orejas y en el péndulo que dibujaba con su trompa, también habrían notado la delgada línea carmesí que fluía detrás de su oreja. No pasaron muchos minutos antes de que cambiaran la pelota por la cola del elefante, y hubieran sumado más de veintiún saltos, si su mamá no se hubiera asomado por la ventana para vigilarlos.

Supusieron que debió haber escapado de un circo ubicado en algún poblado próximo. El padre sugirió encender la radio para escuchar si el noticiero matutino mencionaba la fuga del elefante. La madre tomó su bolso y salió rumbo a la plaza para comprar los periódicos del día y revisar la cartelera municipal. Quizá el dueño del paquidermo ya había notado la ausencia del animal y las autoridades locales montaron un operativo de búsqueda.

Marta se acercó con disimulo a la plaza para escuchar si pescaba algún comentario que volara despreocupado hacia su banca. Todo fue en vano. Ninguno tenía relación con el mayor de los terrestres que hace poco estaba jugando a la cuerda con los niños. Mientras tanto, su esposo recordó que este tipo de animales se alimenta de vegetales, por lo que buscó en la cocina todas las opciones que pudieran satisfacer el apetito del huésped.

Marta regresó a casa sin ninguna novedad y, al preguntarle a Daniel si había escuchado alguna noticia por la radio, ambos acariciaron la posibilidad de adoptar al animal. Había algo de hermoso en la manera en la que sus hijos jugaban con él. Míralo como se deja acariciar y hasta parece sonreír cuando el jilguero revolotea cerca. El acuerdo fue tácito entre ambos. Mantendrían en secreto esta visita por el tiempo que fuera necesario y no dejarían que nadie perturbara este momento de inesperada felicidad.

El elefante llevaba sobre su cabeza una piedra preciosa que encerraba el principio y el fin de todo cuanto había sido creado. La familia que vivía en la última casa del bulevar solo podía pensar en que el cielo debía haberlos bendecido y, como cosa rara, el jilguero volvió a cantar aquella mañana. La identidad del visitante dejó de ser un secreto cuando el más pequeño de los niños se tiró a su pata derecha para abrazarlo y gritarle: -¡Gaja!-. No cabía la menor duda. Ese era el nombre de aquel animal capaz de tejer nubes y soplar burbujas.
Ninguna flor sobrevivió a sus pasos, que además, eran cada vez más lentos y lastimeros. Tras observarlo con detenimiento, notaron heridas en su piel y supusieron que debía haber participado en una gran pelea. Si escuchaban con atención, era posible distinguir un suave quejido que se escapaba con cada exhalación. Marta acariciaba el enorme vientre de Gaja mientras aplicaba una compresa fría para detener su fiebre.

Pero importaba poco que las margaritas ahora fueran una alfombra despenicada por el suelo. Desde ese jardín se podía ejercer el dominio del mundo terreno y eso había que celebrarlo. Marta fue a cambiarse el vestido de diario y raído por uno de gala que tenía escondido en el último rincón de su armario. Decidió recogerse el cabello para que sus labios rojos pudieran lucirse como no lo habían hecho durante muchos años. Por su parte, el padre rescató el tacuche heredado de su abuelo y se perfumó para ser el anfitrión de una cena que parecía haber sido pactada desde años atrás. Los niños se sacudieron la tierra que tenían prendida en las rodillas por tanto jugar y se vistieron con los pantalones reservados para la misa dominical.

Mientras tanto, Gaja se acomodó en el centro del jardín para observar las estrellas que conseguían brillar a pesar de la luna llena. Después se entretuvo contando las grietas en las paredes y cortando ramas de los aguacatales. Un grupo de luciérnagas acordó quedarse durante unos momentos para observar a aquel animal que con su trompa elevaba las ramas y las agitaba suavemente como si dirigiera una plegaria. Cuando la familia regresó, se encontró con una hoguera que escupía sombras en la pared.

Gaja trajo consigo el comienzo y el fin de todo cuanto había sido creado. Cerca de él todo parecía renovado y las fisuras en los muros de la casa parecían haber desaparecido. Si tan solo fuera pudieran saborear un poco más de ese magnetismo. Con tan solo estirar un poco su trompa, era capaz de alcanzar todas las riquezas. Necesitaba recuperarse para ganar un poco más de energías y seguir su camino.

Mientras Daniel lo observaba jugando con los niños y provocando sonrisas en su esposa, empezó a soñar con el secreto que Gaja guardaba en ese diamante. Si lograra ver a través de él, seguramente sería capaz de desentrañar todos los misterios del universo.  Pero no podía hacerlo solo. En esta fiesta todos parecían estar del lado de Gaja y si atacaba en este momento, únicamente recibiría el rechazo de su familia.

Tomó una astilla que guardaba en una pequeña caja y con mucho cuidado se dirigió hacia su esposa para abrazarla. Me picó una hormiga, pensó ella. Y le devolvió el abrazo a su marido, quien aprovechó para susurrarle algo al oído. Ahora ella también deseaba ver el mundo a través de ese diamante y empezó a odiar la idea de despertar en una casa a punto de ser derrumbada por los acreedores. Esperó hasta que la última chispa de la fogata se apagara. Las sombras se diluían mientras los niños soñaban con un elefante que los columpiaba cada tarde. Gaja se había quedado solo.  

Ningún vecino hubiera podido creer que detrás de esos muros habitaba un elefante y mucho menos habría sido capaz de identificar la casa donde hasta hace unas horas vivía la familia más pobre del barrio. Gaja trajo consigo un resplandor que pasó desapercibido durante el día pero que fue imposible de ignorar al caer la noche.

Primero, fueron los niños quienes corrieron colina abajo para descubrir cuál era aquel objeto que brillaba más que la luna. La voz de alerta fue dada por las mujeres del pueblo cuando encontraron las camas vacías y los hombres las siguieron preocupados por las calles del pueblo. Sin haberse puesto de acuerdo, todos descubrieron que detrás de esa puerta se escondía un elefante capaz de tejer nubes y que custodiaba todo cuanto había sido creado.

Era un brillo tan intenso e hipnótico, que todos querían probar un poco de la belleza que irradiaba aquel animal, pues hechos como este solo podían confirmar que debían ser los habitantes del pueblo más afortunado del mundo. Para cuando Daniel y Marta regresaron al jardín, el secreto de Gaja ya no podía ser guardado. Sus vecinos reclamaban ser parte del acontecimiento e incluso sugirieron que interviniera el alcalde para coordinar los días que el elefante podría permanecer en cada jardín. El caos iba cada vez en ascenso y, aunque Daniel y Marta trataban de defender a aquel trozo de universo contenido en el lomo del elefante, nada parecía surtir efecto.

Los niños corrían alrededor de Gaja. Las mujeres soñaban con todas las joyas en las que ese diamante podría convertirse y los hombres trataban de recordar si alguna noticia informaba sobre la desaparición de un elefante. Fue hasta después de la media noche que Marta logró convencer a sus vecinos de que lo mejor era que cada quien regresara a su casa y que reanudarían el asunto el día siguiente con la mediación del alcalde. Luego dejó que Daniel se adelantara a la habitación y ella retomó las compresas frías para verificar si la fiebre había cedido.

Gaja se mostraba agotado. Una cosa es jugar a la cuerda con cuatro niños y otra muy distinta es entretener a todo un pueblo. Quizá fue por eso que no reparó en que Marta llevaba consigo un cuchillo debajo de la compresa fría. Tal vez pensó que lo cuidaría, tal y como lo había hecho desde su llegada, y que él podría seguir pagando esas atenciones con la prosperidad que transformaría a la familia.

Fue como un pellizco. Marta no quería matarlo. Simplemente anhelaba ser la única dueña del diamante. Quienes sobrevivieron a la explosión, cuentan que cuando Marta intentó desprender la joya, el elefante despertó y su dolor fue tan fuerte que el grito despertó a quienes vivían en los poblados aledaños. El resto fue silencio. Luego brilló el cielo en el corazón del viento. Amanecieron jacarandas y margaritas que nunca se marchitan.


Cuando los viajeros pierden su camino atraídos por el canto del jilguero, los ancianos suelen orientarlos para encontrar una nueva ruta que incluya la casa que alguna vez fue la más afortunada del barrio. Sus ojos brillan al recordar esa misma casa por donde caminó Gaja, el elefante capaz de hilar las nubes, soplar burbujas y de custodiar el universo entero sobre su lomo. 



Por Lucía León

Imagen de Pinterest. http://sillierthansally.blogspot.com.au/2014/01/african-animal-art.html

martes, 28 de julio de 2015

Construyendo mi habitación propia



Hoy otro contingente de hormigas intentó entrar a la cocina. Parece que se cuelan por la ventana del baño y desde ahí desfilan hasta la sala para encontrar alguna miga que puedan robar. Como no pienso darles tregua, me coloco en posición de ataque y, tal y como lo hace el papá de Mafalda en las viñetas de Quino, trato de ubicar el punto exacto al que se dirigen.

Es así como llego a la mitad de la segunda semana en mi nuevo apartamento. Vivo entre bolsas con ropa que no he colgado, un banco que sirve a veces de taburete y otras de sillón, hormigas que se cuelan por donde pueden y una soledad que empiezo a conquistar. Todavía no he traído mis libros y la mitad de mi clóset está en la casa de mis papás.

Empecé esta aventura como parte de un impulso que se gestó poco a poco desde hace un par de años, pero no fue sino hasta julio de 2015, cuando decidí agarrar aviada y buscar un lugar al que pudiera mudarme. No me he detenido a analizar todo el proceso pero estoy segura de que no tiene nada de trascendental porque no seré la primera ni la última mujer en hacer esto. Vamos, hasta creo que ya voy tarde porque en otros países salir de casa es un hecho común y corriente que se realiza a partir de los 18 años aproximadamente. Sin embargo, a juzgar por las reacciones y comentarios que he recibido, pareciera que el gesto de lanzarse a la independencia, también tiene algo de transgresor y liberador.

Tampoco quiero engañarme con que todo será perfecto porque en poco menos de dos semanas he tenido que lidiar con contratiempos que parecen enviados por la Ley de Murphy. Lo que sí quiero hacer, es aprovechar este momento para aterrizar algunas ideas que han cruzado por mi mente cuando observo el nuevo vecindario desde la terraza. Por momentos, siento como si estoy acercándome a la orilla de un gran espejo en el que empiezo a reconocerme. Todavía me cuesta creer que esta nueva etapa ha comenzado.

Me estoy empujando a mí misma hacia un espacio en el que, como ya lo dijo Virginia Woolf en Una Habitación Propia, pueda tener la libertad de pensar las cosas en sí mismas para sacar mis conclusiones. Sus palabras dialogan conmigo por las mañanas mientras desayuno y reflexiono con ella. La autora lanza preguntas al aire como: ¿Es este libro bueno o malo? ¿Estoy o no estoy de acuerdo con esta idea política? ¿Es bonita o fea esta obra de arte?

La idea principal del ensayo de Woolf se basa en que las mujeres necesitan independencia económica y personal para escribir buenas novelas. Esa es la excusa para reflexionar sobre la literatura, las mujeres y el contexto social en el que les ha tocado desenvolverse. Pues bien, yo tengo cierta independencia económica y estoy arrendando una habitación propia. Me falta más disciplina para escribir y compaginar la maestría con el trabajo.

Aunque, pensándolo mejor, Woolf no solo habla acerca del oficio de escribir. El ensayo también se puede aplicar a otras áreas en las que las mujeres debiéramos estarnos desarrollando. En el segundo capítulo del libro ella menciona que todo puede suceder cuando la feminidad ya no sea una ocupación protegida. A diferencia de la época en la que escribió el ensayo, ahora hay más mujeres realizando oficios que no necesariamente tienen relación con el hogar. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer y faltan más mujeres en puestos clave de dirección empresarial  o políticos.

Tenía esa reflexión en mente cuando me topé con una entrevista que le hicieron a la cantante franco-británica Lou Doillon, en la que ella comentaba que los hombres con quienes está produciendo su próximo disco no dudan en pedirle un café o té de forma instintiva pero que, en cambio, cuando se trata de encontrar una solución técnica o un problema de producción, le hacen bastante menos caso. Se trata de micro machismos cotidianos con los que todas hemos de haber lidiado más de alguna vez y aunque hay cierta independencia, el tramo por recorrer todavía es bastante largo. Más adelante ella comenta:

Diría que mi generación es la primera realmente liberada. Soy la primera que puede echar a un tío a la calle, porque tengo un sueldo propio, una casa a mi nombre y el derecho a criar sola a mi hijo.

Quiero resaltar esa declaración porque creo que también puede relacionarse con la idea que Woolf desarrolla en el ensayo publicado en 1929 y desde ahí Doillon también cuestiona  a artistas como Beyonce por cantar canciones escritas por hombres y que responden a una fantasía masculina. Tal vez la conexión que quise hacer entre la entrevista a la cantante y lo que Woolf proponía el siglo pasado es algo jalada, pero también resulta curioso que aún con el paso de 86 años, las mujeres sigamos encontrándonos con micro machismos, reflexionando sobre nuestra soledad y reclamando más espacios claves en la vida pública.


No he terminado de leer el ensayo pero me atrevo a decir que quizá esa habitación propia no sea solo el lugar físico en el que uno puede recluirse para crear. Lo que falta es que haya más mujeres cuestionando todo lo que está a su alrededor para encontrar respuestas propias. Que esa habitación propia represente el proceso de conocimiento personal para empoderarse cada día con victorias alcanzadas en todos los espacios donde nos desenvolvamos.

Mientras tanto, espero con entusiasmo y nerviosismo las semanas que faltan por venir. Creo que las hormigas seguirán visitándome pero estaré preparada para no darles tregua, ya aprendí a reconocer cuando el tambo de gas está vacío o el regulador no funciona y este espacio será cada vez más mío. Poco a poco seguiré construyendo mi habitación propia y seguiré descifrando la imagen que comienza a asomarse por el espejo. 

Pd. Les dejo una de las viñetas del papá de Mafalda y las hormigas ;)

Crédito de la imagen de inicio. https://www.etsy.com/listing/61839897/little-houses-2-9-x-12-print

sábado, 4 de octubre de 2014

La muerte reflejada en el espejo de Xavier Villaurrutia





¿Cuán importante es reconocer las figuras literarias para apreciar un poema?

La muerte se perfila como una compañera que acecha desde la orilla del espejo. Al leer los poemas del mexicano Xavier Villaurrutia (1903-1850) se abre un espacio de infinitas posibilidades en el que la noche es el espacio perfecto para dar rienda suelta a las obsesiones que marcaron su obra. Villaurrutia participó en la vanguardia con su acercamiento al surrealismo y era alguien que recurría de forma constante a la muerte propia, el insomnio y la soledad.

Cuando se lee poesía puede haber dos formas de acercarse a los textos. Una de ellas es la del que avanza sin preocuparse por el rigor estilístico y el reconocimiento de las figuras retóricas, pues busca la conexión con el alma del poeta. La otra es desde la perspectiva teórica, en la que el lector se distancia y cuestiona las estructuras de lo que se impone frente a él sobre el papel. Creo que la mayoría de personas se quedan en la primera forma, sienten la conexión, aprecian la belleza de alguna imagen, se conmueven y siguen adelante. Habrá otros pocos que se interesan en diseccionar los versos como para tomar una radiografía. 

Este es un ejercicio que combina las dos formas para identificar las figuras retóricas en el siguiente poema:
Estancias Nocturnas

Sonámbulo, dormido y despierto a la vez,
en silencio recorro la ciudad sumergida.
¡Y dudo! Y no me atrevo a preguntarme si es
el despertar de un sueño o es un sueño mi vida.

Desde el título podemos apreciar que el escenario predilecto de Villaurrutia es la noche. En el primer verso hay una antítesis al colocar la explicación del sonambulismo, el estado que consiste en estar dormido y despierto a la vez. El paso entre la frontera del sueño y la vida real es un tema que ha sido buscado por varios autores. En el caso de Villaurrutia, probablemente obedezca a la influencia surrealista de André Bretón.

En la noche resuena, como en un mundo hueco,
el ruido de mis pasos prolongados, distantes.
Siento miedo de que no sea sino el eco
de otros pasos ajenos, que pasaron mucho antes.

Miedo de no ser nada más que un jirón de sueño
de alguien --¿de Dios?-- que sueña en este mundo
amargo.
Miedo de que despierte ese alguien --¿Dios?--, el dueño
de un sueño cada vez más profundo y más largo.

La metáfora del jirón de sueño expresa el temor de no ser nada más que un retazo onírico empujado hacia la nada. La pequeñez del ser humano frente al concepto universal de un Dios que sea el director del sueño. También se identifica la anáfora, que consiste en la repetición de la misma palabra al principio de las frases. En este caso es la reiteración del miedo. El juego con los sonidos es evidente en el uso de rimas como en “dueño” y “sueño” para darle musicalidad al poema y valerse de la aliteración.

Estrella que te asomas, temblorosa y despierta,
tímida aparición en el cielo impasible,
tú, como yo --hace siglos--, estás helada y muerta,
mas por tu propia luz sigues siendo visible.

Al dirigirse a la estrella le da vida y emplea el recurso de animización para luego, de una manera compleja, colocarse en el mismo plano que el astro que se asoma en el cielo impasible y expresar el peso de la muerte con una comparación.

¡Seré polvo en el polvo y olvido en olvido!
Pero alguien, en la angustia de una noche vacía,
sin saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá con mis palabras su nocturna agonía.

La última estrofa inicia con una repetición para remarcar la pequeñez de su existencia y el olvido al que estará expuesto. El poema concluye con la nocturna agonía, de una forma circular que nos regresa al título de la obra. Por otro lado, también pienso en el fragmento de Alicia a través del espejo, en el que Alicia es cuestionada por los gemelos Tweedle sobre la posibilidad de que ella sea apenas una minúscula parte del sueño del rey rojo y que desaparecerá cuando el monarca despierte.

El poema Estancias nocturnas es una reflexión sobre la propia existencia. Un cuestionamiento sobre lo que hay más allá de los sueños y si existen o no los designios divinos. Acaso todos seremos unas marionetas controladas desde el sueño del creador o somos una creación independiente que muere lentamente como una estrella.

En cuanto a la identificación de figuras literarias o retóricas dentro del poema, creo que es un recurso de utilidad para acercarse al texto y desenmarañar el estilo del autor. Sin embargo, es importante recordar que la obra es independiente de quien la crea y por eso es que puede ser sometida a análisis estructurales. Cuando el poeta escribe lo hace con libertad y el resultado final es lo que ya luego los estudiosos clasifican de acuerdo a las figuras retóricas. La sensibilidad de quien lea la poesía detectará y apreciará las anáforas, las repeticiones o las metáforas aunque no maneje la teoría o desconozca que también existen las aliteraciones, elipsis o sinécdoques.

Comentario escrito como tarea académica para el curso Seminario de Poesía Hispanoamericana de la Maestría en Literatura Hispanoamericana.

Sobrevivir al desgano sentimental



Ensayo sobre Crónicas para sentimentales, de Jacinta Escudos

Sobre la individualidad se erige nuestra propia república. Las fronteras son delimitadas por la conciencia y los rastros sentimentales que la sociedad moderna arrincona en los departamentos. La soledad pareciera ser la única compañera de los personajes retratados en el libro Crónicas para sentimentales (2010) de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos. Los relatos hilan una colección de situaciones en las que se percibe el desgano de vivir, la rutina y los miedos de los hombres y mujeres del último siglo. También resaltan los diversos recursos literarios que entremezclan figuras poéticas, el uso de diferentes narradores y la ruptura de reglas gramaticales tales como la ausencia de puntos o mayúsculas.

Un epígrafe que corresponde a la canción Dos caras de amor de Los Moonlights le da la bienvenida a quien empieza la lectura. Queda en mi mente la tonada al ritmo de una banda uruguaya que canta: “Dos caras de amor tengo yo / De alegría y de dolor / Para reír y llorar” (Escudos, 2010. p.7) Esa es la antesala para nueve historias que más se acercan a la tristeza que a la alegría plena del amor. La mayoría de los personajes navega entre las fronteras de la socialización y se aferra a la individualidad.

En el primer cuento titulado ¿En qué libro guardé tus cabellos, Elsa Kuriaki?, un narrador en primera persona comparte las interioridades de su vida solitaria y el asombro ante la posibilidad de reconocerse como alguien capaz de enamorarse. El personaje también expone el miedo que conlleva la fragilidad de exponerle a Elsa sus sentimientos y caer de nuevo en la vulnerabilidad. Fue tal la emoción por sentirse frente a frente al amor, que el protagonista sucumbe a un exceso de emociones que su organismo no es capaz de soportar. Se resetea, tal y como si fuera un sistema operativo que debe reiniciarse y pierde la memoria.

En Lecturas para misántropos modernos se presentan tres relatos breves sobre mujeres que se sienten aversión al trato con las personas. Por ejemplo, la voz narradora de puertas asegura realizar cosas útiles porque lee mucho, sale a hacer la compra, arregla la casa y no se mete con nadie. Tanto ella como la protagonista de T.V. se duermen acompañadas por el televisor y meditan sobre la muerte. En los siguientes fragmentos se pueden apreciar este tipo de reflexiones:
“y si esa bolsa me matara, la verdad es que me estaría haciendo un gran favor” (Escudos, 2010. p.30).

Lo curioso es que aunque viven encerradas en su metro cuadrado, también son quienes se atreven a cuestionar elementos fundamentales en los que quizá la mayoría de personas no se detienen a reflexionar por estar pendientes de sus ocupaciones diarias:

“a veces me despierto en la oscuridad de la noche, y no sé por qué me pongo a pensar en la muerte y pienso tanto y tan intensamente en ello que siento algo más que miedo, algo mucho más fuerte que el miedo, algo para lo que aún no inventan una palabra, un algo terrible en el pecho y el cuerpo entero”. (Escudos, 2010. p. 41)


Hay relatos como Novela de amor pakistaní en los que la estructura narrativa se intercala con recursos poéticos. El cuento se desarrolla entre los monólogos de Valkiria y algunos diálogos que intercambia con un productor español. De acuerdo con Fuentes, la autora evidencia su interés por la experimentación, con gusto por el texto hiperrealista, pero también por el relato de tintes poéticos (2013, p. 75). A continuación se ejemplifica este estilo narrativo:
“tu, allá arriba, tomándote un whisky, con tus anteojos oscuros colgando de tu cuello por una cadenita, para tenerlos a mano cuando el brillo del sol que se refleja en las nubes haga destellos contra el metal del ala del avión y contra el plástico de la ventanilla por la cual te asomas / ese calor, ese whisky en la mano, las nubes como un paraíso de algodón / salir por la ventana y caminar sobre las nubes, a través de ellas, dormir y taparte con ellas, descasar sobre ellas, descalzo… (Escudos, 2010 p. 50).

Las crónicas continúan con Nights in Tunisia, una historia lineal contada en tercera persona y ambientada en Nueva York. La búsqueda de la ternura se mantiene aunque los escenarios cambien y ahora nos encontremos en un club que está a reventar y donde Nausicaa es una intérprete de jazz. Somos testigos de la historia de amor inconclusa con Desiderius, la persistencia de Nausicaa por buscar la aceptación y sentirse amada. La búsqueda del amor también es el motor en Relato Judicial, una historia contada por un narrador en tercera persona cuya voz es interrumpida por los pensamientos de una periodista que se enamora de un presunto criminal. Todo sucede en pocos minutos y en cuestión de un intenso intercambio de miradas.

En una entrevista publicada en la revista virtual Aurora Boreal, la escritora explica que su objetivo fue cuestionar los roles impuestos por la sociedad y los ideales del ser humano contemporáneo que se ahoga todos los días en una enajenación cotidiana (Ritter, S.F). En Palabras Blandas, Materia Negra y Crónicas para sentimentales se percibe ese cansancio interior que se refleja en relaciones inestables e incluso el rechazo a embarcarse de nuevo en una relación.

La carga sentimental se acumula en la garganta al llegar a la última página. No es difícil sentir empatía por los personajes que vagan en cada crónica porque la lectura de estos relatos implica un llamado a la sensibilidad y a reflexionar en el desasosiego interior que el ritmo de vida moderno puede ocasionar. Cuando la desilusión es muy grande suele surgir esa inmensa pereza de volver a amar que se menciona en Crónicas para sentimentales. El desgano aumenta de manera progresiva hasta convertir a las personas en ermitaños modernos o autómatas que no viven de manera auténtica.

El libro es un novenario a la desesperanza pero me niego a creer que todo está determinado al fracaso. Nunca es tarde para reducir la misantropía. Tenemos derecho a momentos de felicidad, tal y como la saborea el personaje de la primera historia por unos cuantos segundos. La derrota sería abandonarnos y caer al viento como el clavel que deja una estela roja en su caída desde el noveno piso.




Bibliografía
·         Escudos, Jacinta (2010). Crónicas para sentimentales. Guatemala. F&G Editores.
·         Fuentes, Moises Elías. (2013). Nueva Narrativa centroamericana: breve panorama II. Casa del tiempo. Recuperado de: http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/74_75_vi_dic_ene_2014/casa_del_tiempo_eIV_num_74_75_74_77.pdf
·         Ritter, Luis Pulido.  (Sin fecha). Entrevista a Jacinta Escudos, Una trampa feliz. Dinamarca. Recuperado de: http://www.auroraboreal.net/actualidad/entrevistas/1471-una-trampa-feliz


viernes, 12 de septiembre de 2014

Entre el desgano y la insistencia de la esperanza



«Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, 
para creer que se puede cambiar algo en este país, 
para creer que a la gente le interesa cambiar algo».
El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador
de Horacio Castellanos Moya


¿Has sentido que hay momentos en los que se agotan las fuerzas para permanecer? Volteas a ver a tu alrededor y todo parece tan distante, tan impersonal. Te cansas de buscar el encanto y de justificar las razones para llegar puntual al trabajo. Optas por dejar de leer el periódico para intentar convencerte de que todos los esfuerzos valen la pena. Hay días como el del viernes 29 de agosto en el que ese desencanto amanece más intenso. No sé si fue coincidencia haber empezado a leer la novela El Asco (1997) escrita por Horacio Castellanos Moya, justo después de haber atravesado el día con ese malestar, pero mis cuestionamientos encontraron eco en esta lectura.

Hoy es 12 de septiembre y el fervor patrio insiste en congestionar el tránsito al ritmo de las antorchas que empiezan a recorrer Guatemala. Hace un año sentí ganas de llorar al observar a los estudiantes corriendo por las calles. Tan inocentes, tan cansados, tan corriendo con el corazón en la boca y la noción de patria sin terminar de construirse en su imaginario. Creo que este 2014 no tengo mucha cabeza para reflexionar en el tema y solo quiero decir que para mí es más patriótico cuestionar esos valores y no correr sin ton ni razón por la ciudad. Ando con unas ganas desilusionadas de largarme y a la vez reflexiono sobre la permanencia y el exilio.

Regreso entonces a El Asco y sin querer, me contagio del desgano plasmado en cada una de las páginas. Las estampas que retrata bien podrían ser tan guatemaltecas como salvadoreñas. El protagonista es Edgardo Vega, quien se reunió con Moya en el bar La Lumbre para decirle todo lo que piensa acerca de la inmundicia que encontró al retornar a su país y comprobar que el contexto no ha mejorado. Vega regresa a San Salvador después de vivir dieciocho años en Montreal para enterrar a su madre y ver a su antigua patria desde la perspectiva de la distancia, el cinismo y el desencanto.



Al igual que Vega, cuando asegura que le parecía cruel e inhumano que habiendo tantos lugares en el planeta, a él le hubiera tocado nacer en ese sitio, yo ya había dedicado algunos minutos a ese mismo razonamiento. Lo pensé un viernes por la mañana cuando sostenía una taza de café entre mis manos y observaba los edificios cercanos a la oficina. Trataba de encontrarle alguna explicación a la manera en la que el designio divino conspiró para que nos tocara venir a nacer en el trópico alucinado. En el micropaís donde se sobrevive a cada segundo.

En las páginas también se percibe un duro cuestionamiento del autor hacia la construcción de la nacionalidad y todos los elementos que se integran para formar la identidad salvadoreña. Uno de los señalamientos más recurrentes es la ferviente y ciega devoción con la que defienden la cerveza Pilsener, la cual es considerada por sus connacionales como la mejor bebida del mundo. Los símbolos gastronómicos también son criticados y es que ¿acaso nuestra nacionalidad se queda nada más en defender un litro de Gallo, Cabro o Pílsener? ¿Tostadas, rellenitos, tamales?

El señalamiento no se queda en la superficie, pues poco a poco el autor va profundizando en aspectos relacionados con la ideología, la educación y la inseguridad en el país. Debido a la similitud de ambos países, es inevitable avanzar en la lectura sin empezar a contagiarse de esa vomitiva repulsión que predomina en cada página.

Así que ahí estaba yo: leyendo El Asco y devorando cada palabra con la misma repulsión que sentía Vega, hasta que llegué a la parte en la que el personaje se voltea hacia su interlocutor para echarle en cara su ingenuidad. Le pedía que no perdiera el tiempo porque resulta imposible que su país produzca escritores de calidad. Sobre todo en un lugar donde a nadie le interesa la literatura, el arte o cualquier manifestación creativa. Es una dura pedrada que viene de parte de alguien que reniega de su identidad hasta el punto de tramitar un pasaporte diferente y cambiarse de nombre. Toda su nueva idiosincrasia está construida alrededor de Thomas Bernhard, un nombre que tomó de un escritor austriaco al que admira.

Puedo sentir la horma apretada de los zapatos del que decide apagar el televisor y dejar todo para irse a otro país. Las dos caras de la moneda traen consigo cierta dificultad porque por un lado está el destierro voluntario y la nostalgia pero en la otra esquina está la lucha de quienes permanecen entre la debacle y se aferran a una mínima esperanza. Una persistencia que ante los ojos de Vega se transforma en locura:

“Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que a la gente le interesa cambiar algo. Todo es una alucinación, Moya, enténdelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de este país: aquí te vas a pudrir”. (Castellanos Moya 2007: p. 80)

En este punto me hubiera gustado interrumpir a Vega porque está a punto de darme con el dedo en la yaga. Pienso en la forma con la que podría responderle y viene a mi mente el poema de Maurice Echeverría Aquí está el milagro, que podría ser una especie de manifiesto para los que eligen quedarse o no pueden largarse: 

Me pude haber ido
de este país,
escribir
en otra parte,
pero,
como yo lo veo,
la dignidad
estaba en quedarse
de pie
en este cráneo inacabable,
en este liso espanto,
larga canícula
de espinas.

Aquí es.
Aquí está el milagro...

Hay un conflicto interno que crece cada vez más porque aunque sienta estas ganas desesperadas de irme corriendo a abrazar a mi amigo en otro país, también siento los lazos que me unen a Guatemala. Vega es un autoexiliado que prefirió largarse. Tramitó un pasaporte canadiense para construir alrededor de ese documento una nueva identidad que lo rescatara del trópico salvaje. De ahí que pierda aún más la cordura cuando creyó que estaba a punto de quedarse varado en su pesadilla al perder el documento: “El terror se apodero de mí, Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para siempre, sin poder regresar a Montreal, me vi de nuevo convertido en un salvadoreño que no tiene otra opción de vegetar en esta inmundicia” (Castellanos Moya 2007:p. 120).

La desesperación se patentó en su rostro y obligó a su hermano a que lo ayudara a buscar ese pedacito de tierra canadiense que lo salvaría de la decepción, la inseguridad, la incoherencia ideológica y el atraso que significaba El Salvador para él. A todos nos gustaría tener ese salvavidas que nos rescate del caos de ciudad que nos heredó la historia. Sin embargo, no todos tenemos la oportunidad de reinventarnos y negar nuestras raíces, que al final resulta más cobarde que el permanecer al pie del cañón o asumir el exilio desde una actitud distinta. Reconocerse en el otro pero sin anular la identidad original.

Ahora mi asco se va transformando en un poco de empatía y lástima por ese personaje  delirante que vive en un mundo construido sobre ilusiones. Pienso en asumir mi patria. Vivir con ella y llevarla conmigo si en algún momento parto hacia otra frontera. Más allá de celebraciones torpes y alcoholizadas, se necesita un terremoto simbólico que nos cuestione el fundamento de nuestra nación y nos lleve a reflexionar sobre la identidad. Urge sanar heridas históricas en este fragmento de tierra donde se sobrevive cada día y donde una enorme mancha gris empieza a colocarse sobre los muchachos que corren ilusionados detrás de una antorcha. Las banderas luchan por hondear libres al viento y ruge la lluvia que está a punto de derrumbarse sobre nosotros.

*Esta es una adaptación de un ensayo que acabo de entregar como parte del Seminario sobre literatura de América Central. 
* Foto de Prensa Libre