viernes, 12 de septiembre de 2014

Entre el desgano y la insistencia de la esperanza



«Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, 
para creer que se puede cambiar algo en este país, 
para creer que a la gente le interesa cambiar algo».
El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador
de Horacio Castellanos Moya


¿Has sentido que hay momentos en los que se agotan las fuerzas para permanecer? Volteas a ver a tu alrededor y todo parece tan distante, tan impersonal. Te cansas de buscar el encanto y de justificar las razones para llegar puntual al trabajo. Optas por dejar de leer el periódico para intentar convencerte de que todos los esfuerzos valen la pena. Hay días como el del viernes 29 de agosto en el que ese desencanto amanece más intenso. No sé si fue coincidencia haber empezado a leer la novela El Asco (1997) escrita por Horacio Castellanos Moya, justo después de haber atravesado el día con ese malestar, pero mis cuestionamientos encontraron eco en esta lectura.

Hoy es 12 de septiembre y el fervor patrio insiste en congestionar el tránsito al ritmo de las antorchas que empiezan a recorrer Guatemala. Hace un año sentí ganas de llorar al observar a los estudiantes corriendo por las calles. Tan inocentes, tan cansados, tan corriendo con el corazón en la boca y la noción de patria sin terminar de construirse en su imaginario. Creo que este 2014 no tengo mucha cabeza para reflexionar en el tema y solo quiero decir que para mí es más patriótico cuestionar esos valores y no correr sin ton ni razón por la ciudad. Ando con unas ganas desilusionadas de largarme y a la vez reflexiono sobre la permanencia y el exilio.

Regreso entonces a El Asco y sin querer, me contagio del desgano plasmado en cada una de las páginas. Las estampas que retrata bien podrían ser tan guatemaltecas como salvadoreñas. El protagonista es Edgardo Vega, quien se reunió con Moya en el bar La Lumbre para decirle todo lo que piensa acerca de la inmundicia que encontró al retornar a su país y comprobar que el contexto no ha mejorado. Vega regresa a San Salvador después de vivir dieciocho años en Montreal para enterrar a su madre y ver a su antigua patria desde la perspectiva de la distancia, el cinismo y el desencanto.



Al igual que Vega, cuando asegura que le parecía cruel e inhumano que habiendo tantos lugares en el planeta, a él le hubiera tocado nacer en ese sitio, yo ya había dedicado algunos minutos a ese mismo razonamiento. Lo pensé un viernes por la mañana cuando sostenía una taza de café entre mis manos y observaba los edificios cercanos a la oficina. Trataba de encontrarle alguna explicación a la manera en la que el designio divino conspiró para que nos tocara venir a nacer en el trópico alucinado. En el micropaís donde se sobrevive a cada segundo.

En las páginas también se percibe un duro cuestionamiento del autor hacia la construcción de la nacionalidad y todos los elementos que se integran para formar la identidad salvadoreña. Uno de los señalamientos más recurrentes es la ferviente y ciega devoción con la que defienden la cerveza Pilsener, la cual es considerada por sus connacionales como la mejor bebida del mundo. Los símbolos gastronómicos también son criticados y es que ¿acaso nuestra nacionalidad se queda nada más en defender un litro de Gallo, Cabro o Pílsener? ¿Tostadas, rellenitos, tamales?

El señalamiento no se queda en la superficie, pues poco a poco el autor va profundizando en aspectos relacionados con la ideología, la educación y la inseguridad en el país. Debido a la similitud de ambos países, es inevitable avanzar en la lectura sin empezar a contagiarse de esa vomitiva repulsión que predomina en cada página.

Así que ahí estaba yo: leyendo El Asco y devorando cada palabra con la misma repulsión que sentía Vega, hasta que llegué a la parte en la que el personaje se voltea hacia su interlocutor para echarle en cara su ingenuidad. Le pedía que no perdiera el tiempo porque resulta imposible que su país produzca escritores de calidad. Sobre todo en un lugar donde a nadie le interesa la literatura, el arte o cualquier manifestación creativa. Es una dura pedrada que viene de parte de alguien que reniega de su identidad hasta el punto de tramitar un pasaporte diferente y cambiarse de nombre. Toda su nueva idiosincrasia está construida alrededor de Thomas Bernhard, un nombre que tomó de un escritor austriaco al que admira.

Puedo sentir la horma apretada de los zapatos del que decide apagar el televisor y dejar todo para irse a otro país. Las dos caras de la moneda traen consigo cierta dificultad porque por un lado está el destierro voluntario y la nostalgia pero en la otra esquina está la lucha de quienes permanecen entre la debacle y se aferran a una mínima esperanza. Una persistencia que ante los ojos de Vega se transforma en locura:

“Hay que estar loco, definitivamente, como vos, Moya, para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que a la gente le interesa cambiar algo. Todo es una alucinación, Moya, enténdelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de este país: aquí te vas a pudrir”. (Castellanos Moya 2007: p. 80)

En este punto me hubiera gustado interrumpir a Vega porque está a punto de darme con el dedo en la yaga. Pienso en la forma con la que podría responderle y viene a mi mente el poema de Maurice Echeverría Aquí está el milagro, que podría ser una especie de manifiesto para los que eligen quedarse o no pueden largarse: 

Me pude haber ido
de este país,
escribir
en otra parte,
pero,
como yo lo veo,
la dignidad
estaba en quedarse
de pie
en este cráneo inacabable,
en este liso espanto,
larga canícula
de espinas.

Aquí es.
Aquí está el milagro...

Hay un conflicto interno que crece cada vez más porque aunque sienta estas ganas desesperadas de irme corriendo a abrazar a mi amigo en otro país, también siento los lazos que me unen a Guatemala. Vega es un autoexiliado que prefirió largarse. Tramitó un pasaporte canadiense para construir alrededor de ese documento una nueva identidad que lo rescatara del trópico salvaje. De ahí que pierda aún más la cordura cuando creyó que estaba a punto de quedarse varado en su pesadilla al perder el documento: “El terror se apodero de mí, Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para siempre, sin poder regresar a Montreal, me vi de nuevo convertido en un salvadoreño que no tiene otra opción de vegetar en esta inmundicia” (Castellanos Moya 2007:p. 120).

La desesperación se patentó en su rostro y obligó a su hermano a que lo ayudara a buscar ese pedacito de tierra canadiense que lo salvaría de la decepción, la inseguridad, la incoherencia ideológica y el atraso que significaba El Salvador para él. A todos nos gustaría tener ese salvavidas que nos rescate del caos de ciudad que nos heredó la historia. Sin embargo, no todos tenemos la oportunidad de reinventarnos y negar nuestras raíces, que al final resulta más cobarde que el permanecer al pie del cañón o asumir el exilio desde una actitud distinta. Reconocerse en el otro pero sin anular la identidad original.

Ahora mi asco se va transformando en un poco de empatía y lástima por ese personaje  delirante que vive en un mundo construido sobre ilusiones. Pienso en asumir mi patria. Vivir con ella y llevarla conmigo si en algún momento parto hacia otra frontera. Más allá de celebraciones torpes y alcoholizadas, se necesita un terremoto simbólico que nos cuestione el fundamento de nuestra nación y nos lleve a reflexionar sobre la identidad. Urge sanar heridas históricas en este fragmento de tierra donde se sobrevive cada día y donde una enorme mancha gris empieza a colocarse sobre los muchachos que corren ilusionados detrás de una antorcha. Las banderas luchan por hondear libres al viento y ruge la lluvia que está a punto de derrumbarse sobre nosotros.

*Esta es una adaptación de un ensayo que acabo de entregar como parte del Seminario sobre literatura de América Central. 
* Foto de Prensa Libre

jueves, 24 de abril de 2014

Septimus se fue sin despedirse


"El sol, su calor. ¿Acaso eres humano?" -- Esto es lo que piensa Septimus antes de lanzarse al vacío, en la novela Señora Dalloway de Virginia Woolf. Todavía sigo pensando en la carrera de su esposa Rezia para detenerlo, todo pasó tan rápido y cuando reaccioné, ya era muy tarde. No pude hacer nada más que bajar el libro y observar a los carros que pasaban por la avenida. Quizá si alejaba el libro por un momento, podría retrasar lo inevitable. El viento soplaba suavemente a la hora de almuerzo.
Todos en la cafetería conversaban sin mostrar mayor preocupación en sus rostros. Así son las tragedias, nadie más que los implicados son quienes las lloran. Me costó reponerme y regresar a la oficina. Por la tarde, el sol se escondió como siempre, le tomé la foto y maneje el carro pensando en Rezia y Septimus. Los minutos previos parecían tan perfectos. Ella cosía un sombrero para vendérselo a una señora y él hacía bromas al respecto. De esas bromas tan íntimas que solo los esposos pueden comprender. Ella fue feliz de nuevo pero todo cambió de forma drástica en pocos segundos.(Colección de soledades)

Pd. No he terminado la lectura, por favor no me la cuenten.

lunes, 14 de abril de 2014

Observar y absorber el fin del mundo


"El porvenir se nutre de fuegos temerarios"
Isabel de los Ángeles Ruano


Quizá el mundo podría acabarse en la arena naranja. 
Pasa a mi lado una bolsa plástica blanca y a lo lejos observo una envoltura de tortrix. 
Flotamos junto a la basura. 
Esta playa está sucia, sucia de nosotros en esta arena negra que se impregna en mis dedos.
Un niño se enreda entre mis piernas. 
El fuego recorre la espuma. 
Esta es una pequeña soledad. 
El mar se quiebra en destellos fugaces. 
Solo quedan cenizas volcánicas. 
Aterrizan los cometas. 
Las olas son cada vez más violentas. 
Golpean mi espalda, me empujan de regreso hacia la orilla. 
Los reflejos se los lleva el mar. 
Rueda una pelota que baila traviesa entre las olas. 
Me rindo ante el cielo partido. 
Tanta inmensidad no cabe en mi cabeza. 
El sol se quiebra en la arena. 
Astillas doradas dispersas en la espuma de fuego.

Foto: Andrés Asturias, de la serie Arena Negra.

lunes, 14 de octubre de 2013

El futuro se nos atrasó






El futuro se nos atrasó


La mañana queda perdida en la carretera

Las nubes se escurren entre los dedos.

Cortan el volcán a su antojo impulsadas por el viento de septiembre.

Foto: Ilustración en Pinterest

jueves, 26 de septiembre de 2013

Para los días cuando el mundo se cae (Entrevista a Javier Payeras)



Un verdadero artista responde cada noche a su vocación cuando durante el día se ve obligado a trabajar para sobrevivir. Lo demás son pretextos. Eso aprendí durante la entrevista/conversación con Javier Payeras.  Una de esas charlas que te alimentan e inspiran. El artículo y las fotos fueron publicadas en la revista Avant, en febrero de 2013. Se las comparto a continuación.

"Hay días en los que el mundo se viene encima y las tragedias se cuentan por decenas. Los periódicos son el registro del desencanto. Las ganas de salir corriendo aumentan mientras que la confianza se agota. Justo cuando todo parece irse a pique, hay quienes escogen por apostarle a un estilo de vida menos derrotista. Ese es el caso de Javier Payeras, quien ha optado por pelear contra el desaliento. El campo de batalla se libra desde la literatura y la gestión cultural. Quizá para la mayoría de personas, esa lucha parezca ser una causa inútil. 
Pero también se vale creer que la esperanza es lo último que se pierde. Durante una entrevista en un café ubicado a las inmediaciones del Centro Histórico, Payeras prefiere aferrarse a la posibilidad de ser un tragaluz en esta cotidianidad capitalina al citar a Woody Allen y creer que no todo el mundo se corrompe, pues hay que tenerle fe a la humanidad".






viernes, 13 de septiembre de 2013

Reflexiones desde la ventana



Son las nueve de la mañana y voy camino al trabajo. Pasé por algunas cuadras en las que las bandas escolares desfilaban muy emocionadas al ritmo marcado por las batonistas y sus dirigentes. Luego avancé hacia el Obelisco y por aquí he estado desde hace algunos minutos. La cola no se mueve y del otro lado del bulevar pasan varios jóvenes corriendo detrás de antorchas que llevan el fuego patrio. Reconozco que me dan ganas de llorar al verlos correr con tanto entusiasmo. Ahí van con el amor patrio quemándose en segundos. Pasan como pequeñas estelas de ilusión con destino a cualquier pueblo de Guatemala.

La cola continúa avanzando y detecto a algunos adultos que también van corriendo con su antorcha. Posibles oficinistas que tuvieron un día sin rutina al apuntarse en la caravana de la antorcha. Los gorgoritos se multiplican y se diluyen entre las bocinas de los conductores que vamos tarde a la oficina.

Mi pensamiento regresa a los jóvenes que van corriendo por las carreteras del país. Probablemente no tengan mayor espíritu cívico y en algunos años deberán toparse con la realidad laboral de Guatemala. Comprenderán por qué es que el dinero no alcanza en casa y de seguro evitarán involucrarse en proyectos cívicos democráticos. Cada cuatro años votarán por los mismos políticos de siempre; los más populistas o los que mejor propaganda realicen en la cuadra. Muchos de ellos serán de esos que se rigen por la cultura del "vivo" y no respetan a los demás al doblar las leyes a su antojo. Quizá compren cosas robadas porque les sale más barato. No estarán acostumbrados a leer y muy pocos ganarán el examen de admisión en la universidad. 

La sombra de la realidad me conmovió aun más. Demasiada ternura junta en un puñado de muchachos que van corriendo detrás de una antorcha bajo la lluvia. Sí, ya empezó a llover y la cola no se mueve. Demasiado querer soñar con que todavía es posible hacer algo y que los extremos fatalistas no nos llevan a ningún lado. ¿Y qué pasa con los adultos que ahora van con su respectivo fuego patrio? Será que ellos sí son ciudadanos Clase A y no se dejan llevar por las excusas de la "hora chapina", evitan colarse en el tránsito sin pedir vía y no piensan en saltarse alguna que otra ley para obtener un beneficio.

Trato de no enojarme mientras estoy estancada. Al fin y al cabo, vivo en un país con este tipo de tradiciones y yo escojo cómo quiero pasar mi día. Contengo las lágrimas y trato de soñar con que estos muchachos son la esperanza. Que la educación que están recibiendo va a ser la adecuada. Que los guatemaltecos podemos involucrarnos y hacer bien nuestro trabajo. Que el amor a nuestro país no solo se traduce en correr con la antorcha o memorizar el himno nacional. Que la hora chapina será solo un mito. Que ningún conductor se las llevará de listo y se colará más adelante, ocasionando más congestionamiento por su abusivez. Que podré llegar al semáforo sin miedo a los motoristas, a ser asaltada o a no regresar a casa. Que las cifras de violencia disminuirán y los diputados trabajarán. 

Regreso a mi realidad. Lo que sí puedo hacer es llegar a tiempo a mi trabajo y mandar los documentos que debo concluir hoy para que se impriman las revistas. Cumplir con mi trabajo e incidir en el metro cuadrado. Me alejo del Obelisco y llego al parqueo. Los gorgoritos son un murmullo y las bocinas se escuchan a lo lejos. Ahora me esconderé en un cubículo y esperaré que por la tarde el regreso a casa no sea tan pesado.


Foto: Siglo 21


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Extraños en la exposición (Stranger 13/100)

Stranger 13/100

Una inauguración de una exposición es un universo de personalidades que contrastan entre sí y que, de alguna manera, cumplen con ciertos patrones comunes en cada evento. Llegué a Del Arte al Niño para ver las obras que se expusieron y también para darle cobertura al evento junto a Jorge, el fotógrafo de la revista. Íbamos caminando para el elevador y nos topamos con un grupo de jóvenes que, a juzgar por su apariencia, podrían ser estudiantes de arte o cualquier otra carrera humanística. Entre ellos iba nuestra Extraña 13 quien llamaría mi atención más adelante.

Desde hace unas semanas alguien me preguntó por el proyecto de los 100 extraños y eso me hizo reflexionar en las razones por las que no seguí tomando los retratos. No tengo excusas y eso era lo que le estaba comentando a Jorge después de haber terminado nuestra cobertura. Debido a que había dejado mi cámara en el carro, él me prestó la suya para no quedarme con las ganas de tomar una foto. Vi alrededor y justo enfrente estaba ella platicando con sus amigos.

Me acerqué y les expliqué sobre el proyecto y otras cosas que no vienen al caso. Este es el resultado de la mini sesión que improvisamos en el lobby de Zona Pradera. Lamentablemente olvidé escribir su nombre pero quizás eso le da más misticismo al retrato. Me llamó la atención por su actitud y su look. Es una chica muy dulce y espontánea que salió corriendo minutos después para ir a un after de la expo junto a su grupo de amigos.

Esta foto forma parte del proyecto 100 Strangers: www.flickr.com/groups/100strangers/

Galería en Flickr: http://www.flickr.com/photos/66820999@N08/sets/72157629238432909/

Otros extraños: http://lucialeongt.blogspot.com/2012/11/extrana-02-olga-la-lectora-triste-en-la.html
http://lucialeongt.blogspot.com/2012/12/extrano-05-emanuel-el-vendedor.html
http://lucialeongt.blogspot.com/2013/01/cata-la-chica-que-queria-cruzar-la.html